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Drogas

Alcohol

INTRODUCCION

Según la Organización Mundial de la Salud:

Alcohólico: Bebedor de alcohol en tal grado de dependencia que manifiesta alteraciones notables de su salud, física y psíquica, con interferencias en sus relaciones interpersonales.
Alcoholismo: Enfermedad crónica y progresiva caracterizada por la dependencia del alcohol, con perdida del control sobre el beber.

-¿Qué haces ahí?- preguntó al bebedor, a quien encontró instalado en silencio, ante una colección de botellas vacías y una colección de botellas llenas.
-Bebo- respondió el bebedor con aire lúgubre.
-¿Por qué bebes?- preguntóle el principito.
- Para olvidar- respondió el bebedor.
- ¿Para olvidar qué?- inquirió el principito, que ya le compadecía.
- Para olvidar que tengo vergüenza - confesó el bebedor bajando la cabeza.
- ¿Vergüenza de qué?- averiguó el principito, que deseaba socorrerle.
- Vergüenza de beber!- terminó el bebedor, que se encerró definitivamente en el silencio.
"El Principito" de Antoine de Saint-Exupéry

CONCEPTOS PREVIOS

La sociedad no sólo permite sino que muchas veces estimula el uso del alcohol. Con excepción de las comunidades que lo prohíben por motivos religiosos, el alcohol circula libremente y su venta y consumo están sólo prohibidos a los menores de edad; ningún adulto necesita un permiso especial para beber.

Desde luego que hay una diferencia obvia entre beber normalmente y emborracharse. Para llegar a la intoxicación se necesita ingerir una determinada cantidad en un determinado lapso, y estos requisitos dependerán de factores personales (edad, sexo, metabolismo) clase de bebida, mezclas y hasta circunstancias de tiempo y lugar. Pero de todas formas es fácil detectar la diferencia entre la forma social de beber y la excesiva. Y cuando la bebida excesiva produce perjuicios, se debe hablar sin duda de alcoholismo

El alcohol es un excelente comunicador social. Tomado con moderación, distiende y desinhibe a la gente. Nos resulta difícil, por ejemplo, imaginar un casamiento o una divertida fiesta de cumpleaños en base a un exquisito jugo de naranja, y en los que no se pueda disfrutar siquiera de un buen vaso de vino. Reunirse con amigos requiere unas copas, sobre todo en el festejo; el brindis rubrica viejas amistades, es un buen augurio para las nuevas, cierra un buen negocio y es un símbolo de prosperidad y salud, al punto que se lo celebra habitualmente con esta última palabra.

Pero también el alcohol puede resultar un arma de doble filo, tanto individual como socialmente. Es común enterarse por los medios de que algunas fiestas terminan en tragedia a causa de la “mala bebida”, una eufemística expresión para aludir a la borrachera. Ocurre que la misma clase de bebida, tomada en idéntica cantidad, produce efectos diferentes según las características personales que señalamos más arriba. Y este simple hecho nos lleva directamente a la pregunta crucial.

¿Cómo saber quién es alcohólico?

La respuesta no es fácil, debido a que en la cuestión aparecen de inmediato algunos conceptos erróneos, muchos prejuicios y bastante falta de conocimiento. Alrededor del tema, por otra parte, se mueven no pocos intereses familiares e incluso sociales, y la negación del hecho no existe sólo por parte de su protagonista: a veces los parientes se niegan a reconocer que tienen en la familia a un “vicioso.”

La actitud general ante el problema oscila entre una crítica despiadada y una comprensión benevolente: o bien los borrachos son degenerados que deberían estar en la cárcel o el manicomio, o bien son cómicos, en realidad no le hacen daño a nadie y lo mejor es no darles tanta importancia. Ambas actitudes soslayan el núcleo del problema.

En primer lugar, es indispensable definir y enfocar el tema en forma apropiada. Porque no todos los que beben en exceso son alcohólicos, e incluso hay muy diversas formas de alcoholismo y tipos de alcohólicos. Antes de ensayar un marco referencial, conviene arriesgar una idea que parece confirmarse en los hechos: alcohólicos son aquellos que beben con culpa, generalmente inconsciente. Suelen dar explicaciones: según ellos beben para mitigar el excesivo calor o el frío, o para calmarse luego de un supuesto disgusto que acaban de tener, o para aplacar su sed. Difícilmente admitan que beben porque les gusta, y explican allí donde nadie les pide que expliquen nada.

Procediendo por descarte, hay que referirse primero a las personas abstemias, aquellas que por razones de preferencia, religión, cultura o principios personales no beben alcohol. Luego están quienes beben moderadamente, y aunque se emborrachen en alguna ocasión especial deben ser considerados como bebedores sociales. Quienes beben con mucha frecuencia y en cantidades inmoderadas pueden ser llamados bebedores excesivos, y en sucesivas etapas bebedores problema. Muchos de ellos tendrían que reconocer que se encuentran al borde del abismo: de allí al alcoholismo hay apenas un paso.

Un alcohólico, entonces, podría definirse como la persona que padece el ansia irrefrenable de beber y no tiene la posibilidad de abstenerse. Es decir que una vez que inicia la ingesta no puede detenerse aunque se lo proponga. Esto puede estar vinculado a una posible predisposición genética, de lo que se hablará más adelante.
Pero lo peor está señalado por la imposibilidad de abstenerse: si la persona pasa un período de abstinencia, llega un momento en que no puede mantenerse por más tiempo sin beber; ineludiblemente reincide en la bebida, y una vez que la prueba sólo se detendrá cuando rompa el nivel de tolerancia física. En otras palabras, sólo se detendrá cuando la borrachera la desborde por completo.

Con todo, hay personas que sin llegar a esos extremos tienen una dependencia psicológica con el alcohol, a quienes se solía designar como adictos al alcohol. En este caso la terminología es equivalente: dependientes o adictos, no pueden dejar el alcohol en forma espontánea, carecen de fuerza de voluntad para hacerlo.
Otro caso es el de aquellos que llegan a una etapa en la cual su mente y su físico han acusado severos daños, y los efectos del alcohol subsisten aun cuando no continúen bebiendo. Se los denomina alcohólicos crónicos.

En USA, el Consejo Nacional de Alcoholismo define esta adicción: “Es una enfermedad crónica, progresiva y potencialmente fatal. Se caracteriza por la tolerancia y dependencia física o cambios orgánicos patológicos, o ambos, todos consecuencia directa o indirecta del alcohol ingerido.”

A poco que se reflexione sobre lo dicho hasta ahora, parece evidente que quienes padecen alcoholismo pueden ofrecer un panorama no siempre coincidente, e incluso los límites entre un bebedor social, un bebedor excesivo y un alcohólico no resultan delineados con demasiada precisión. Con todo, es importante señalar que la imagen popular hace del alcohólico un vagabundo que vive abajo de un puente, y de hecho sólo un ínfimo porcentaje de alcohólicos llega a estos extremos. Es necesario saber que hay alcohólicos que viven en medio de nosotros, trabajan -hasta donde pueden y con un rendimiento cada vez menos eficaz- y a veces hasta forman parte de nuestras amistades o incluso de nuestras familias.

CAUSAS

El alcoholismo, como casi todas las adicciones, reconoce tres causas básicas: personales, del ámbito familiar y sociales. A su vez, las primeras pueden subdividirse en psicológicas y físicas. Desde luego, esta división es esquemática y sirve para encuadrar el problema, sin perjuicio de que pueda haber una influencia recíproca entre dos o más causas.
¿Existe una personalidad alcohólica?
Ante todo, es necesario aclarar que el alcoholismo es siempre un síntoma de diversos trastornos de la personalidad. Sin perjuicio de esto, y bajo determinadas condiciones, constituye en sí una grave enfermedad física y mental, lo que no impide que sea siempre un síntoma. El tema merece algunas reflexiones, porque ha sido motivo de controversia.

Una úlcera gástrica, por ejemplo, será siempre un trastorno físico del aparato digestivo. Pero bajo ciertas condiciones puede ser además el síntoma de problemas psicológicos. En definitiva se trata de dos puntos de vista que no se excluyen: el gastroenterólogo y el psicólogo enfocan el asunto desde puntos de vista diversos, y no se contradicen sino que se complementan.

En los grupos de Alcohólicos Anónimos es usual la confluencia de muy diferentes personalidades. Y allí conviven las más variadas profesiones. No es extraño contemplar a un arquitecto sentado entre una profesora de francés y un empleado de banco. Este simple hecho estaría indicando que el alcoholismo no hace diferencias sociales, económicas o intelectuales.

Pero con todo es posible encontrar algunos denominadores comunes, haciendo dos salvedades:

1) Muchos alcohólicos no encajan con exactitud en los tipos que pasamos a describir.
2) Muchas personas que no responden a estas características pueden volverse alcohólicas.
3) El tipo de personalidad inmadura. La inmadurez de la personalidad se produce cuando alguno de sus aspectos es interrumpido en su desarrollo. Hay personas que no son capaces de iniciar una vida adulta independiente, y con el paso del tiempo siguen viviendo en la casa paterna. Otra gente logra “despegar”, pero no está en condiciones de tomar decisiones propias y recurre constantemente al consejo del padre o de la madre, sigue dependiendo económicamente de ellos y si forma una pareja encuentra dificultades insalvables para llevarla adelante. Aun cuando sean intrínsecamente valiosas, estas personas no desarrollan una vida productiva y se refugian en melancólicos recuerdos, añorando aquello que esperaban ser y nunca fueron.

Por lo general fueron niños que no tuvieron sus necesidades afectivas satisfechas, y se han detenido en el tiempo a la espera de una especie de indemnización. Por algún motivo “descubren” el alcohol y se van introduciendo en la botella como una manera eficaz de paralizar su crecimiento, aunque desde luego no puedan tomar conciencia del hecho.

Muchos de ellos desarrollan una relación edípica con la madre. No es casual que el lenguaje popular y cotidiano se refiera a los borrachos como “mamados” y a la borrachera como “mamúa.” Y esta peculiaridad no es exclusiva de los varones. Muchas mujeres alcohólicas casadas no pueden prescindir del prestigio y la reverencia que confieren en su vida a la figura materna, que a veces llega a interferir pesadamente en su relación matrimonial.
Para esta clase de personas el presente no es más que una prolongación del pasado, y las circunstancias actuales son vividas como en una nebulosa. Lo que importa es mantener vivo ese pasado, y nada ni nadie tendrá el poder de desplazarlo. Como sin embargo la realidad cotidiana las abruma, se refugian en el alcohol para ocultarla y poder así regodearse en sus recuerdos, o más precisamente en lo que creen recordar; suele haber en su memoria una considerable dosis de fantasía. Si la realidad les impide o dificulta rescatarla, allí está la botella para ayudarles a evocar.

Los desajustes sexuales. Muchos alcohólicos experimentan diversos tipos de trastornos sexuales. El más común de ellos es la impotencia masculina. Desde luego que una prolongada ingesta alcohólica la provoca directamente, pero aquí se trata de la impotencia previa al alcoholismo. Es más frecuente de lo que se supone, porque casi nadie está dispuesto a ventilar este problema.

Otros alcohólicos no pueden satisfacer su impulso sexual porque se encuentran inhibidos frente al sexo opuesto, y se desinhiben recurriendo al alcohol. La mayoría de ellos tiene una imagen distorsionada de la relación sexual, considerándola impura o bien idealizándola a un grado de solemne irrealidad. Estas racionalizaciones sirven para disfrazar el temor a no poder realizar el acto sexual con normalidad.

Por otro lado están los alcohólicos que tienen una sexualidad desviada de uno de sus fines, la reproducción, o aquellos que no disfrutan con el acto sexual en sí sino con un conjunto de acciones y objetos que lo rodean, y sin los cuales no pueden llevarlo a cabo. En estas categorías se encuentran los homosexuales de ambos sexos, los sadomasoquistas y los llamados voyeurs o mirones. Muchos de ellos recurren al alcohol para aliviarse de la vergüenza, o bien suponen que la bebida les ayudará a cambiar su conducta sexual. Pero también es común que muchos alcohólicos caigan en la adicción como consecuencia de haber reprimido fuertemente sus tendencias homosexuales, y al desinhibirse con la bebida se atrevan a desahogarlas.

El tipo de personalidad autotolerante: Cuando un niño es sobreprotegido pierde la posibilidad de tomar iniciativas, y a la larga puede convertirse en un pusilánime. Al llegar a la edad adulta seguirá esperando que los demás decidan por él, tendrá temor a cualquier persona o situación que pueda traerle problemas, y en general no sabrá manejarse socialmente. Como consecuencia de la educación recibida tendrá hacia su persona una excesiva indulgencia, y será muy escasa su capacidad para aceptar frustraciones. Estos alcohólicos manifiestan una constante ansiedad oral, y su necesidad de succionar es permanente. Suelen requerir atención continua, y recurren al alcohol porque es algo que los gratifica y no se les niega, está siempre a mano. Su necesidad de buscar y encontrar placer se aplaca temporariamente con la bebida, y experimentan un gran gusto en consumirla. No beben para buscar un efecto, como otros alcohólicos que incluso sienten rechazo físico hacia el alcohol, sino que disfrutan cada trago con una actitud sibarita. Terminan pareciéndose a niños embelesados con su juguete, y mientras no les prohíban beber no suelen entrometerse con nadie.

El tipo de personalidad autoagresiva. A muchos niños se los obliga a reprimir sus sentimientos, y cuando son agredidos deben cuidarse de reaccionar. Se los fuerza a contenerse a toda costa, lo que sin duda fomenta que los normales impulsos agresivos se vuelvan contra ellos mismos. En su vida adulta tienen temor de expresar su ira, y generalmente son personas que se dejan dominar por un jefe o por su propia pareja. Aunque a veces se atrevan a manifestar su disconformidad, tarde o temprano se autoinculparán por haberlo hecho. Al dominar su agresividad se produce un malestar que se alivia con la bebida; y además obtienen un beneficio secundario, ya que el alcohol les permite exteriorizar lo que reprimen. Tienen borracheras agresivas, lo que les llenará luego de culpa; y volverán al alcohol para aliviarse de ella. Al día siguiente no pueden comprender cómo han podido insultar y hasta golpear a alguien, y atribuyen su conducta al estado alucinante que les provocó el alcohol

La personalidad autosuficiente. Muchos niños “malcriados”, excesivamente consentidos, tienden a desarrollar fantasías de omnipotencia. Al ir creciendo reciben de la sociedad los frenos que no supieron ponerles en el hogar. Comprueban con dolor y ensañamiento que no son omnipotentes, y es común que ya en la adolescencia descubran en el alcohol el talismán que les devuelve toda la grandiosidad y la arrogancia que la sociedad se niega a reconocerles. Muchos intelectuales recurren al alcohol para dar curso libre a su fantasía creativa, y si al cabo del tiempo quedan atrapados en la adicción será muy difícil que lo admitan. Porque al fin ya no tienen capacidad para imaginar nada, pero el alcohol les sigue procurando esa mágica sensación de ser superiores a todos los demás.

Estos “tipos” o “contornos” son los más notorios entre los alcohólicos, y es necesario reiterar que sin embargo existen individuos que no se ajustan a ellos a pesar de ser alcohólicos; otros, en cambio, pertenecen a esta tipología pero no tienen problemas con la bebida. También es importante señalar que estos perfiles no se excluyen entre sí. Hay alcohólicos, por ejemplo, que a su notoria inmadurez agregan trastornos sexuales y una gran tolerancia y conmiseración hacia su persona. Otros, en cambio, no tienen problemas sexuales pero se manifiestan ostensiblemente autosuficientes. Y hay que decir que de la inmadurez no escapa prácticamente ningún alcohólico.

Desde luego que estos “tipos” son observables en alcohólicos que aún conservan su mente y su físico medianamente en condiciones, pues el deterioro mental distorsiona por completo la personalidad y hace imposible cualquier estudio serio al respecto. En las últimas etapas del alcoholismo, previas a la muerte, ya ninguna disquisición es válida.

¿El alcoholismo es hereditario?

Alrededor de 1935 algunos médicos comenzaron a investigar una posible herencia genética en alcohólicos crónicos, basándose en que sus conductas parecían exceder la hipótesis de un mero síntoma. Allí podría haber “algo más.” El doctor William D. Silkworth, uno de los médicos que más colaboró en la fundación de Alcohólicos Anónimos, escribió al respecto:
“Hay muchas situaciones que surgen de este fenómeno de la desesperación alcohólica, que hace que los hombres hagan el sacrificio supremo de sus vidas antes que continuar en la lucha.

La clasificación de los alcohólicos resulta muy difícil. Desde luego, existen los psicópatas que son seres emocionalmente inestables. Todos estamos familiarizados con este tipo. Es el que siempre nos dice que no volverá a tomarse un trago y encubre su arrepentimiento haciendo infinidad de resoluciones, pero nunca toma una determinación.

Tenemos el tipo de hombre que no está dispuesto a admitir que no puede tomar ni una copa, y que planea distintos modos de beber: cambia de marca y muda de ambiente. Existe el tipo que siempre cree que después de permanecer sin beber licor por cierto período de tiempo, puede tomarse algunas copas sin peligro. Y existe el tipo maníaco-depresivo, que es tal vez al que menos comprendan los amigos y del cual podríamos escribir todo un capítulo.
Luego concurren tipos enteramente normales en todos los órdenes, excepto en cuanto al efecto que el alcohol produce en ellos. Muchas veces se trata de personas aptas, inteligentes y amigables.

Todos estos tipos, y muchos otros, tienen un síntoma en común: no pueden comenzar a beber sin que se desarrolle en ellos el fenómeno de la desesperación por el ansia desenfrenada de más licor. Como hemos sugerido, este fenómeno puede ser la manifestación de una alergia que diferencia a estas criaturas y las separa del común de los hombres. Tal condición nunca se ha hecho desaparecer permanentemente mediante tratamiento alguno del cual tengamos conocimiento. El único remedio que podemos sugerir es la abstención total.”

De acuerdo a esta concepción, los alcohólicos serían individuos cuyo organismo les impide metabolizar correctamente el alcohol.
Con el paso del tiempo irían adquiriendo una anormal tolerancia y no podrían detenerse hasta rebasarla. De todas maneras, hasta el presente no se ha comprobado la existencia de alergia.

También se han postulado factores endocrinos y de la nutrición. Se supone que ciertos alcohólicos carecen de un factor necesario para el metabolismo, pero aún no se ha probado fehacientemente que esto sea así. Otra teoría sostiene que los alcohólicos poseen una anormalidad enzimática que deteriora el metabolismo de algunas sustancias, creando un aumento de su necesidad y estableciendo así un modelo metabólico que predispone al alcoholismo. Si bien esto se ha comprobado en muchos bebedores, se parte de la teoría de una posible causa, cuando bien puede tratarse de una consecuencia de la prolongada ingesta alcohólica.

De todas maneras, el alcoholismo puede heredarse de una manera bastante complicada. Los hijos de alcohólicos están mucho más predispuestos que otros a esta adicción. Todavía no se sabe si la tendencia al alcohol puede heredarse genéticamente o se transmite por el medio social y cultural en el que el niño se desarrolla. Hay estudios que han comprobado que los hijos de alcohólicos, adoptados enseguida de nacer por padres no alcohólicos, están más predispuestos al alcoholismo que los hijos de no alcohólicos adoptados en las mismas circunstancias.

Recíprocamente, hijos de no alcohólicos adoptados por alcohólicos, corren un riesgo cinco veces menor que los primeros. Así, se supone que los factores del ámbito familiar, cultural y social no son los únicos que inciden en este complejo fenómeno.

El ámbito familiar. En la parte general de este libro se han analizado exhaustivamente las relaciones familiares y su incidencia en la conducta adictiva, lo que es plenamente aplicable al alcoholismo. Con todo, no está de más hacer algunas especificaciones.

El mayor factor de riesgo reside quizá en los hogares donde el alcohol circula libremente y donde uno o más adultos suele excederse a menudo, aun cuando no sea alcohólico. Hijos varones de padres alcohólicos han manifestado que comenzaron a beber como una forma de comunicarse con ese padre ausente; era su manera de tratar de entenderlo, identificarse con su hábito. En una familia donde el alcohol está presente en cualquier circunstancia el riesgo de alcoholismo es obviamente mayor. Pero también puede resultar peligrosa la actitud contraria. Hay familias en las que el alcohol es equivalente a una mala palabra, sea por motivos religiosos o por prejuicios sociales. Un adolescente rebelde puede sentirse paradójicamente incitado a la bebida, uniendo su rebelión al placer de lo prohibido.

En cualquier caso, lo más apropiado será un justo límite, sin convertir al alcohol en un fetiche o un tabú, dos extremos desaconsejables. Más allá de posibles causales genéticas, el alcoholismo de un progenitor pone a los hijos en alto riesgo.

¿Una sociedad alcohólica? También se habló en la primera parte de la incidencia de la sociedad en las adicciones. Es necesario complementar la información.

La incitación a beber no es sólo explícita. De hecho, las oportunidades para hacerlo son múltiples. El precio cada vez más accesible fomenta el consumo masivo, y a esto se agrega la proliferación de bocas de expendio y los horarios de venta. Los quioscos de veinticuatro horas han terminado con la limitación horaria, y la limitación de la venta a los menores es en los hechos letra muerta.

Muchos adolescentes se inician en el alcohol para no ser menos que algunos miembros de su grupo, o porque sus “ídolos” de la música o el deporte, lejos de desdeñarlo lo aprueban con ostentación. El esnobismo juega un papel bastante importante en este aspecto.

La actitud cultural hacia el alcohol es una muy importante causa, que actúa por debajo y en apoyo de la publicidad. En sociedades machistas como la nuestra, “beber es cosa de hombres”, lo que no impide que cada vez más mujeres se vuelvan adictas, acaso por algún resabio de competencia.

Las causas y las consecuencias del alcoholismo terminan entrelazándose y formando un entramado difícil de desarmar. Si se comienza a beber todos los días, por ejemplo, se adquiere una dependencia, y esta dependencia lleva inexorablemente al abuso cotidiano. Si se producen daños físicos, el bebedor se siente cada vez más vulnerable y reincide con mayor frecuencia y empeño. Si como consecuencia de beber en exceso se experimenta un rechazo social, se insiste en la bebida como una forma de desahogo.

Factores de Riesgo

• Antecedentes familiares de alcoholismo o uso inmoderado del alcohol.
• Presión social de los amigos
• Hábitos de esparcimientos asociados al consumo de alcohol
• Sentimientos de inseguridad
• Problemas familiares
• Problemas de bajo rendimiento escolar
• Baja autoestima
• Inmadurez para la solución de problemas
• Falta de ideales y propósito en la vida.


ETAPAS

Como todas las enfermedades, el alcoholismo es progresivo. En la mayoría de los casos esta progresión es lenta y puede demorar años antes de desencadenarse. Siguiendo la clasificación del doctor E. M. Jellinek, el Consejo Argentino de Alcoholismo (CADA) distingue cuatro fases o etapas en su desarrollo.

a) Fase pre-alcohólica. Se comienza por recurrir al alcohol como un medio de obtener el alivio y la desinhibición frente a ciertas tensiones internas. El aficionado comienza a beber regularmente, sin caer en el exceso. Con su conducta no interfiere en la vida de nadie, simplemente ha descubierto un tranquilizante que lo ayuda a sobrellevar sus dificultades. Ocurre que, sin darse cuenta, aumentan las enzimas que produce el hígado para metabolizar el alcohol, de manera que la misma cantidad es metabolizada más rápidamente y por lo tanto produce un menor efecto; se vuelve necesario aumentar la dosis para obtener el mismo efecto, creciendo así la tolerancia a la bebida.

b) Fase prodrómica. Esta fase es exclusivamente sintomática y señala el comienzo de lo que podría llamarse “carrera alcohólica.” Es entonces cuando las borracheras se vuelven frecuentes y aparecen las “lagunas”, también llamadas palimpsestos alcohólicos en alusión a los antiguos manuscritos donde se escribía sobre lo borrado. El alcohólico puede cometer una serie de actos de los que al día siguiente no tiene el menor recuerdo.
En esta etapa el bebedor suele tomar a escondidas, en su afán por disimular ante los demás su creciente necesidad de alcohol. Se preocupa por la posible falta de alcohol en ocasión de cualquier festejo. Empieza a rondarlo el ansia irrefrenable de beber, y aparece una sensación de culpa por su forma de hacerlo; entonces bebe más para evitar la culpa. Evita las conversaciones que se refieren al alcohol, y se siente aludido en ellas. Se siente obligado a justificarse por su manera de beber, dando explicaciones que habitualmente no le piden; y si se las piden se siente profundamente ofendido.

Al final de esta etapa aumentan las “lagunas” debido al creciente deterioro del sistema nervioso. El alcohólico alcanza todavía a controlar la compulsión, y es entonces cuando las medidas preventivas pueden aún encauzarlo. La fase puede durar entre seis meses y cinco años aproximadamente, dependiendo de la constitución física, el nivel cultural y los principios éticos de cada uno. Hay que señalar que algunos alcohólicos se “saltan” esta etapa, pasando directamente de la fase prealcohólica a la fase crítica.

c) Fase crítica. En esta etapa se desarrolla la enfermedad propiamente dicha. Comienza por una efectiva pérdida de control con respecto a la bebida. Por más que se lo proponga, el alcohólico está incapacitado para medir lo que bebe. El ansia irrefrenable de beber ya no lo ronda, sino que se instala en el centro de su vida. Ya no se bebe para aliviar ciertas tensiones o descubrir “algo especial”, sino sobre todo para escapar de una realidad que se vuelve cada vez más complicada e insufrible. Suele ser una época de pruebas (no tomar determinados días, no mezclar bebidas) que pueden durar un breve lapso pero que a la larga resultan infructuosas. Se comienza a sospechar con verdadero terror que la fuerza de voluntad no sirve, y aunque en otros aspectos se la tenga se tiende a generalizar su ausencia; el alcohólico empieza a considerarse a sí mismo como un pobre diablo, un pelele, un pusilánime, y bebe más para huir de esta imagen desoladora. Como le cuesta razonar prefiere racionalizar; es decir, convertir las excusas en “razones”.

Estas resultan indispensables para justificar sus borracheras y librarse de la consiguiente culpa. Se miente a sí mismo y a veces logra que le crean o que finjan creerle, lo que lo estimula a seguir haciéndolo. Pelea desesperadamente por defender sus pretextos y una posición que se desmorona frente a la familia o en el ámbito de su trabajo. Es la etapa en la que comienza a comprender que han concluido “los días de vino y rosas”, y ante el fracaso de las pruebas para controlarse comienza a prometer que no beberá nunca más, ni una sola gota. Esta promesa puede durar un tiempo, pero si no hace un tratamiento la existencia se le vuelve todavía más insoportable, y termina reincidiendo de la misma o aún peor manera compulsiva y autodestructiva. Para escapar de su baja autoestima y hasta del desprecio ajeno elabora fantasías de grandiosa arrogancia, jugando a sentirse alguien muy superior al común de los mortales. Suele volverse agresivo, proyectando sus sentimientos de culpa en los demás, pero el remordimiento no lo abandona tan fácilmente y puede caer en la autoconmiseración y el llanto persistente. Pierde el interés por las actividades que antes lo entusiasmaban o distraían, y el alcohol parece monopolizarlo todo. Hay un evidente deterioro de las amistades, pero esto no parece resultar tan preocupante mientras siempre haya una copa a mano para consolarse o desquitarse de lo que se considera tanta incomprensión ajena. La salud física y mental está seriamente comprometida, y muchos alcohólico a han tenido en esta etapa su primera internación clínica o psiquiátrica. También es común que se experimente una disminución del impulso sexual, y en esta etapa suelen aparecer los celos irracionales. Se requiere alcohol al despertarse, para calmar los temblores. Ya no hay horarios o lugares, y se bebe a cualquier hora y en cualquier parte.

d) Fase crónica. El alcohol se convierte en una necesidad imperiosa y constante. Al disminuir la cantidad de enzimas para metabolizarlo, lo que comienza a ocurrir en la etapa anterior, baja la curva de tolerancia y con cantidades menores se sufre el mismo efecto, cayendo en un estado de embotamiento continuo, sin perjuicio de momentos de embriaguez. Las defensas orgánicas se reducen a su mínima expresión y se acusa un pronunciado deterioro ético, incurriendo en conductas ostensiblemente antisociales. Son frecuentes los trastornos mentales y por último se llega en muchos casos a la cárcel o a la hospitalización definitiva. La muerte es casi siempre prematura, y ocurre por diversas enfermedades concomitantes o por suicidio.


EFECTOS Y CONSECUENCIAS

Los efectos dañinos del alcoholismo son mucho más variados y graves de lo que a primera vista pueda suponerse. En ningún certificado de defunción figura la palabra, pero muchas muertes por accidente, cirrosis, coma alcohólico o suicidio tienen su origen y su causa inmediata en esta enfermedad.
Las consecuencias no son sólo padecidas por los alcohólicos. También las familias y la sociedad suelen pagar un alto precio por una adicción que directa o indirectamente fomentaron y las involucra.
Primero nos referiremos a los daños físicos y mentales que provoca en los individuos, para hablar después del costo familiar y social.
Daños sobre el físico y la mente. La primera consecuencia perjudicial que se experimenta es la desnutrición. Ya sea por motivos económicos u otras circunstancias, los alcohólicos se alimentan deficientemente. Sienten un particular rechazo por los dulces y atienden prioritariamente a tener cubierta su cuota diaria de alcohol. Comen en forma cada vez más esporádica, y a la falta de proteínas hay que agregar la escasez de vitaminas, particularmente la B, lo que les acarrea fragilidad vascular y neuritis periférica El hambre se disimula por el constante incremento de calorías alcohólicas, el estómago se inflama y dilata y es común que se produzcan graves desarreglos en el metabolismo El hígado altera su funcionamiento y puede llegarse a la cirrosis, un endurecimiento de los tejidos que produce la muerte. También son comunes la gastritis, la menos grave de todas las afecciones alcohólicas, y la inflamación del páncreas.

La neuritis periférica se produce como consecuencia de la desnutrición, y el sistema nervioso se deteriora, en particular aquellos nervios que parten de la columna vertebral hasta las extremidades. Se comienza con una sensación de hormigueo en pies y manos, y puede llegarse al entumecimiento total. También son afectados los nervios que van a la piel, de modo que la persona pierde el sentido del tacto. En etapas avanzadas se llega a caminar con extrema dificultad, y puede ser necesario un prolongado tratamiento en cama, ya que la recuperación es particularmente lenta.

La deficiente dosis de vitamina B en el organismo puede producir también graves trastornos de la memoria, que fueron descriptos alrededor de 1880 por Sergei Korsakov, médico ruso, y que se conocen como el síndrome de Korsakov en homenaje a su descubridor. Se trata de un fenómeno que se manifiesta en forma de amnesia, donde los sucesos más o menos remotos se recuerdan con toda claridad pero en cambio se olvida todo lo ocurrido recientemente. Luego de una agitación con señales de confusión que puede durar varios días, el paciente se calma y parece volver a la normalidad. Es capaz de razonar con claridad; hasta puede manifestar buen humor y disposición para jugar a las cartas u otro juego de salón sin cometer errores. Pero si se profundiza en la conversación, se descubre que el paciente no puede recordar nada de lo que ocurre a su alrededor. No recuerda qué día es, si ya comió o si vio a alguien. Por más que se lo repitan, no puede registrar lo que ocurrió dos minutos antes. Su memoria, en cambio, tendrá almacenado en perfecto orden todo lo que sucedió antes de la enfermedad. Quizá como consecuencia de la pérdida de la memoria inmediata la inteligencia sufre un progresivo deterioro, y el paciente tratará de llenar esa falla confabulando historias para disimularla. Si bien es imposible revertir por completo este síndrome, con una adecuada medicación puede recuperarse parcialmente la memoria.

Otra enfermedad concomitante es la llamada encefalopatía de Gayet-Wernicke. El paciente manifiesta una tendencia a la dispersión, y aunque conserva plena conciencia responde a las preguntas con mucha lentitud. A veces también tiene pérdida de memoria, y pierde con facilidad el equilibrio, resultándole difícil caminar. Se debe a cambios patológicos de la base del cerebro, causados por la falta de vitamina B.

La demencia alcohólica consiste en una progresiva pérdida de inteligencia causada por el exceso de bebida. La actividad intelectual disminuye y hay dificultad para hacerse entender. La destrucción de células cerebrales es la causa de esta patología. Basándose en recientes investigaciones, la pérdida de tejido cerebral comienza antes de lo que se suponía en lo que se ha dado en llamar la carrera alcohólica. Si esa pérdida es considerable, el paciente puede ser internado en forma permanente; pero hay que señalar que muchos alcohólicos no han padecido esta patología, que una vez instalada es irreversible.
Un párrafo aparte merecen los llamados accidentes de abstención o síntomas de abstinencia. Aparecen en los días siguientes a la interrupción o reducción considerable del consumo acostumbrado, y se deben a la abrupta caída de la concentración de alcohol en la sangre. Su gravedad varía y pueden presentarse en forma aislada o bien asociados entre sí. A veces ofrecen una secuencia: temblores, convulsiones, alucinosis y delirium tremens.

Los temblores matinales suelen ir acompañados de insomnio, sudores y ansiedad extrema, y se calman bebiendo de nuevo para resurgir al día siguiente con igual o mayor intensidad.
Las convulsiones (epilepsia alcohólica) se producen una o varias veces en un corto lapso. La abstinencia de alcohol estimula descargas eléctricas cerebrales, que pueden ser aisladas o bien intensificarse hasta llevar a la pérdida de la conciencia. El remedio para esta clase de epilepsia consiste en la definitiva supresión de la intoxicación alcohólica. La alucinosis de los bebedores puede ser acústico-verbal y/o visual, y va acompañada de incontenible ansiedad.

El más importante de estos accidentes es el delirium-tremens. Se produce en personas cuyo alcoholismo activo lleva no menos de diez años, y se anuncia habitualmente por medio de temblores, anorexia, sed o insomnio con agitación nocturna. En estado de obnubilación, el enfermo cae en un vehemente onirismo. Muy rara vez puede tener visiones agradables, pero el común denominador consiste en verdaderas pesadillas en estado de vigilia, con imágenes terroríficas que van acompañadas de ruidos amenazantes, extrañas voces que anuncian la muerte y espeluznantes sensaciones táctiles: insectos y reptiles pugnan por asediar el cuerpo del enfermo, que se desespera en el intento de apartarlos. No reconoce el lugar donde se encuentra, y puede desconocer a las personas que lo atienden, saludando a otras que no conoce. Se siente constantemente amenazado y hasta puede ponerse a luchar para detener o vencer a sus supuestos agresores. Los signos generales muestran la gravedad del ataque: fiebre, deshidratación, taquicardia, sudoración excesiva.

Entre dos y cuatro días llega la curación, con el tratamiento adecuado. Vuelve el sueño, y con él la calma y la lucidez perdida. En muy pocos casos se produce un desenlace fatal, si las defensas del organismo son muy débiles y el delirium tremens precipita una enfermedad latente.

El alcohol también puede afectar al sistema nervioso central. La intoxicación alcohólica aguda (embriaguez) presenta diversas características.
La embriaguez simple modifica el humor, que puede volverse extrovertido o depresivo. La atención cae, se produce una desinhibición y una notoria falta de coordinación motriz, con pérdida del equilibrio, dificultad para pronunciar correctamente y visión duplicada.

La embriaguez patológica adquiere una forma anormal, pudiendo llegarse a extremos de agresividad incontrolable, junto con alucinaciones y delirios que ponen en peligro la vida del alcohólico o de terceros.

Por último, el coma alcohólico puede ocurrir en alcoholemias que exceden los niveles habituales, y llega a producir la muerte por paro respiratorio, con un descenso abrupto de la temperatura corporal y tendencia al colapso. Son factores predisponentes la exposición al frío (vagabundos en noches de invierno) o un prolongado ayuno previo a la inmoderada ingesta alcohólica.

Aparte de todas estas afecciones de origen orgánico, muchos alcohólicos presentan desórdenes de conducta a los que se denomina “funcionales”, y que son de orden psicológico. Entre ellos pueden mencionarse los celos patológicos, más comunes en los hombres que en las mujeres. Por lo general se inician como meras sospechas, y durante un período pueden mantenerse en un marco de relativa verosimilitud; pero al ir aumentando llegan a configurar un cuadro de delirio alucinatorio. Se ha discutido mucho sobre la incidencia del alcoholismo en la aparición de estos delirios, ya que muchas veces la bebida excesiva puede ser consecuencia de un cuadro esquizofrénico, en el que el enfermo bebe para aplacar su angustia.

En la alucinosis paranoica, el enfermo con plena conciencia oye voces que lo aluden con un lenguaje obsceno. Si deja de beber las voces se interrumpen, aunque en algunos casos persisten durante años a pesar de la abstinencia

Costo familiar

El costo del alcoholismo es muy grave a nivel familiar y social. Los alcohólicos no sólo deterioran su mente y su organismo, ya que la decadencia se manifiesta también en un abrupto descenso del nivel profesional o laboral, incidiendo directamente en las relaciones familiares. El índice de abuso sexual de menores es más alto que el común en hogares donde alguno de los padres es alcohólico. La familia padece una serie de trastornos que terminan por desintegrarla, y por lo general el divorcio impide que sucedan males mayores. La peligrosidad no se circunscribe sólo a casos de alcoholismo crónico, ya que muchos bebedores en etapas previas pueden manifestar un alto grado de agresividad. Los golpes y las sevicias graves pueden terminar en homicidio preterintencional, culposo o doloso. Los cónyuges e hijos de alcohólicos pagan un alto costo y tienen grandes dificultades para insertarse en la sociedad.

Síntomas

- Taquicardia, mareo o nausea en las personas con mayor capacidad de metabolizar el alcohol.
- Pérdida de conciencia de la realidad.
- Pobres reflejos. Consecuencias para la salud
A largo plazo el alcoholismo puede llevar a:
- Daño hepático. Las células del hígado pierden su capacidad de regeneración hasta conducir a la cirrosis.
- Destrucción progresiva de las neuronas hasta afectar la capacidad mental.
- Complicación renal.

CONSECUENCIAS CLÍNICAS

Cardiopatías

Aunque el consumo moderado de alcohol parece reducir el riesgo de ataques cardíacos mejorando los niveles de colesterol, las dosis más grandes de alcohol pueden desencadenar ritmos cardíacos anormales y aumentar la presión arterial inclusive entre las personas que no tienen un historial de cardiopatía. Un estudio importante encontró que las personas que consumían más de tres bebidas alcohólicas al día tenían una presión sanguínea más alta que los abstemios, con un aumento de la presión sanguínea a medida que incrementaba el consumo de alcohol.

Las personas que bebían hasta la embriaguez tenían una presión sanguínea más alta inclusive que las personas que bebían con regularidad. Un estudio reciente encontró que las personas que bebían hasta embriagarse (las personas que toman nueve o más bebidas una vez o dos veces a la semana) tenían un riesgo de correr una emergencia cardíaca dos veces y medio mayor a la de los no bebedores. Un estimado 11% de todos los casos de hipertensión son causados por la ingestión excesiva de alcohol. El abuso crónico de alcohol también puede lesionar el músculo del corazón lo cual conduce a la insuficiencia cardíaca; las mujeres son particularmente vulnerables a este trastorno.

Cáncer

El alcohol quizás no cause cáncer, pero probablemente puede aumentar los efectos carcinogénicos de otras sustancias, como el humo del cigarrillo. El beber a diario aumenta el riesgo de contraer cánceres del pulmón, esófago, estómago, páncreas, colon y recto, cánceres de las vías urinarias, tumores cerebrales, linfomas y leucemias. Cerca del 75% de los cánceres del esófago y 50% de los cánceres de la boca, la garganta y la laringe se atribuyen al alcoholismo. El tabaquismo combinado con la bebida alcohólica aumenta de manera extraordinaria los riesgos de contraer la mayoría de estos cánceres. El riesgo de contraer cáncer del hígado aumenta en los alcohólicos, y aún en la persona que toma de manera moderada --tres a nueve bebidas a la semana-- puede aumentar la probabilidad de desarrollar cáncer de la mama en las mujeres.

Problemas gastrointestinales y hepáticos

El alcohol pone en particular peligro al hígado. Aquí, el alcohol se convierte en una sustancia aún más tóxica, acetaldehído, que puede causar un daño sustancial, incluyendo cirrosis en 10% de las personas que sufren de alcoholismo. El daño hepático es más común y se desarrolla más rápidamente en las mujeres que en los hombres con historias similares de abuso de alcohol. Dentro del tracto gastrointestinal, el alcohol puede contribuir a la causa de úlceras y pancreatitis, una infección grave del páncreas. En una escala menor, puede causar diarrea y hemorroides.

Neumonía y otras infecciones

El alcohol suprime el sistema inmunitario y las personas que sufren de alcoholismo están propensas a las infecciones. El alcoholismo agudo en particular se asocia con una forma grave de neumonía, la cual puede deberse a factores diferentes al deterioro del sistema inmunitario. Un estudio en animales indica que el alcohol daña específicamente la capacidad que tienen las células del pulmón de combatir bacterias.

Trastornos mentales y neurológicos

Un estudio reciente encontró que el alcohol ejerce efectos en el cerebro. Parece suprimir la actividad en las partes del cerebro donde se realizan el aprendizaje y la memoria e incrementa la actividad en las áreas relacionadas con la emoción, las respuestas sensoriales y el estrés.

El uso habitual de alcohol deprime el sistema nervioso central, produciendo depresión clínica y confusión. En los casos crónicos, la materia gris se destruye, posiblemente conduciendo a la psicosis y los trastornos mentales. El alcohol también puede causar problemas neurológicos más leves, incluyendo insomnio y dolor de cabeza (especialmente después de tomar vino tinto). Excepto en los casos graves, el daño neurológico no es permanente y la abstinencia casi siempre conduce a la recuperación de la función mental normal. El alcoholismo severo está asociado con la osteoporosis, emaciación muscular con hinchazón y dolor, heridas de la piel y comezón. Además, las mujeres dependientes del alcohol parecen enfrentar un mayor riesgo de daño muscular, incluyendo los músculos del corazón, a raíz de los efectos tóxicos del alcohol.


Efectos hormonales

El alcoholismo aumenta los niveles de la hormona femenina conocida como estrógeno y reduce los niveles de la hormona masculina conocida como testosterona, factores que contribuyen a la impotencia en los hombres.

Tabaquismo

Un estudio reciente concluye que los alcohólicos que fuman corren un riesgo mayor debido al tabaco, que del que corren debido al alcohol. El tabaquismo es dos á tres veces más prevalente entre las personas que abusan de las drogas que entre la población en general; se cree que los alcohólicos constituyen un cuarto de todos los fumadores. Más alcohólicos mueren de las enfermedades relacionadas con el tabaco, como la cardiopatía o el cáncer, que de la enfermedad hepática crónica, la cirrosis u otras enfermedades relacionadas con el consumo excesivo de alcohol.

Diabetes

El alcohol puede causar hipoglicemia, una disminución en el azúcar sanguíneo, que es especialmente peligroso entre las personas con diabetes que toman insulina Los diabéticos que están ebrios quizás no pueden reconocer los síntomas de la hipoglicemia, una enfermedad particularmente peligrosa.
La malnutrición y el síndrome de Wernicke-Korsakoff. Una pinta de whisky proporciona cerca de la mitad de las calorías diarias que necesita un adulto, pero no tiene valor nutritivo. Además de reemplazar los alimentos, el alcohol también puede interferir en la absorción de las proteínas, vitaminas y otros nutrientes. La malnutrición puede causar muchos problemas en las personas que sufren de alcoholismo, pero la carencia de la vitamina B tiamina es un riesgo específico. Puede dar lugar a una grave enfermedad, el síndrome de Wernicke-Korsakoff, el cual puede causar un daño cerebral permanente y la muerte. En un estudio de persona bajo tratamiento contra el alcoholismo, el 40% de las que sufrían de este síndrome murieron. Los síntomas consisten en una severa confusión y pérdida de la memoria. Otro problema nutricional grave es la carencia de ácido fólico de vitamina B, lo cual puede causar anemia severa.

Síndrome de dificultad respiratoria agudo

El síndrome de dificultad respiratoria agudo (ARDS, según siglas en inglés) es una forma a veces mortal de insuficiencia pulmonar que puede ser causado por varias afecciones médicas (incluyendo cirugía de desvío del corazón y el pulmón, infección severa, trauma, transfusiones de sangre, neumonía y otras infecciones del pulmón). Un estudio reciente indica que los pacientes en cuidados intensivos con antecedentes de abuso de alcohol corren un riesgo significativamente mayor de desarrollar ARDS durante la hospitalización.¿Cuándo una persona es alcohólica?
Es un hecho bien establecido que el consumo crónico de alcohol genera patologías de distinta entidad, en el organismo (incapacidades físicas), psicológicas (depresión) y sociales (accidentes, homicidios).

Ante la pregunta: "¿Cuándo una persona es alcohólica? Sucede que es difícil de responder. Marcar el límite entre lo normal y lo patológico resulta complejo. Algunos que beben en forma moderada y se emborrachan de vez en cuando se los denomina bebedores sociales.

Otros beben en forma excesiva aunque no siempre lo reconocen. Su exceso se manifiesta por la frecuencia, o las consecuencias sociales, económicas y médicas. Estos son bebedores excesivos. Al beber originan dificultades personales, sociales y no reconocen que el alcohol es la raíz del problema. No todos los bebedores excesivos son alcohólicos, aunque es probable que la mayoría llegue a esa etapa.

Los alcohólicos son personas dependientes al alcohol, esto significa que no pueden dejar de beber en forma espontánea. Cuanto mayor es la necesidad de beber, más difícil les resulta abandonar el consumo.

Además, generalmente sufren síntomas de abstinencia que implican efectos físicos y mentales negativos de corta duración que sobrevienen cuando de interrumpe el consumo de alcohol.

Hay dos factores que determinan que una persona sea alcohólica.

El primero se relaciona con la bebida reiterada y cantidades excesivas de alcohol; y el segundo con los daños físicos, psicológicos, sociales que resultan de la bebida.
Cuando el trago se vuelve amargo
La dependencia al licor comienza cada vez más temprano en Venezuela. Un reciente estudio revela que desde los 10 años ya existen casos de problemas con la bebida. En la actualidad se podrían estar germinando futuras víctimas de una enfermedad incurable, vinculada a más de 50% de los accidentes de tránsito y de violencia que se producen en el país.
Lisseth Boon

En un país donde se fomenta la embriaguez como un valor, las advertencias sobre los riesgos del alcohol pueden terminar diluyéndose en la indiferencia o el sarcasmo. Bastante lo saben los especialistas que durante décadas han lidiado con este grave problema de salud pública, causante no sólo de las enfermedades propias del beber en exceso (como la cirrosis hepática) sino también de al menos la mitad de los accidentes de tránsito y hechos de violencia que despunta entre las primeras causas de muerte en el territorio nacional.

En Argentina, donde prácticamente no se concibe una reunión social, celebración, paseo e incluso negociación sin que medien los tragos, una importante proporción de los consumidores habituales de alcohol ignora que detrás de la resistencia a la bebida y del creciente deseo de tomar cada vez más copas podría estar destilándose una enfermedad incurable que no abandona a la víctima hasta el final de sus días. La única manera de evitar caer en el abismo es aprender a controlarla.

En términos médicos, el alcoholismo se identifica como el envenenamiento producido por el uso prolongado y repetido de alcohol. La Organización Mundial de la Salud (OMS) va más allá de esta aproximación y lo define como "una enfermedad progresiva con graves repercusiones físicas, mentales, sociales, económicas y espirituales para el individuo. Se caracteriza por la imposibilidad de detener la ingestión de licor una vez que se ha comenzado a consumir".

La aparición de este complejo mal puede deberse a factores genéticos (es decir, la persona nace con la predisposición a ser dependiente de esta sustancia), psicológicos (trastornos depresivos, estrés), así como también a patrones socioculturales y ambientales (costumbres y facilidad de acceso, climas extremos, entre otros). Un individuo con antecedentes familiares alcohólicos presenta un riesgo 25% mayor que otra persona sin carga hereditaria. No obstante, si esta última consume bebidas alcohólicas constantemente y sin mesura, podría desarrollar tarde o temprano la enfermedad.

Lo que muchos no toman en cuenta es que el alcohol es un tóxico que genera hábito. La presencia constante de esta sustancia en el organismo altera progresivamente los procesos metabólicos y bioquímicos hasta que llega un punto en que la bebida se convierte en un ingrediente indispensable para funcionar.
Como lo explica el Dr. Juan Del Sel, médico asesor de Fundación Manantiales "al principio la mayor parte de la gente comienza tomándose un trago como estimulante en fiestas o como sedante para calmar las angustias. Luego, las personas se acostumbran a usarlo incorporándolo poco a poco a su cotidianidad.

Llega un momento en que no pueden detenerse porque cada vez que interrumpen su consumo sienten escalofríos, náuseas, dolores (que son algunos signos del llamado síndrome de abstinencia) y se ven obligados a tomar de nuevo para volver a su estado normal".

¿Alcohólico yo?

Según definiciones internacionales, un bebedor problema es aquel que consume más de 16 tragos de alcohol por semana o cuatro por ocasión, o una mujer que bebe por encima de 12 copas por semana o se excede de tres por día. Cada cual que saque las propias cuentas de su grado de riesgo.
Muchos se preguntarán entonces por qué en los últimos años son avaladas las supuestas bondades del licor para el control de las enfermedades cardíacas. Precisamente, las recientes afirmaciones se basan en las investigaciones realizadas con personas que se tomaban una o dos copas diarias y nada más. Después de esa cantidad, el peligro comienza a borbotear.

Uno de los fenómenos actuales que preocupa a los especialistas consultados es el crecimiento desmesurado de la ingesta de alcohol por parte de la población juvenil. Sus inquietudes se sustentan en algunas estadísticas, las cuales revelan que más del 70% de los jóvenes entre 12 y 20 años ha consumido alcohol alguna vez en su vida y el 13,2 % se ha emborrachado.

Más grave aún es la confirmación de que el alcohol se está comenzando a consumir a los 10 años.

De acuerdo a los resultados de esta encuesta, el mayor grupo de consumidores de drogas tanto lícitas como ilícitas (77,52%) tiene entre 10 y 24 años de edad. Las conclusiones de este estudio no podían ser más desalentadoras teniendo en cuenta que la mayor parte de los casos de alcoholismo se gestan justo en la adolescencia. "Si los argentinos están comenzando a beber a tan temprana edad y la enfermedad se desarrolla en un lapso de cinco a seis años, entonces podríamos estar asistiendo a la germinación de una futura generación de alcohólicos", previene un especialista en la materia.

Para el especialista, bien es sabido que se consume licor prácticamente desde que nacemos. "Algunos padres lo colocan en el tetero para que el niño se 'vaya acostumbrando' y ciertos grupos permiten tomar a los menores en ambientes de adultos. No imaginan que están drogando a sus hijos ni que pueden estar produciéndole una enfermedad crónica".

En tiempos de inestabilidad económica, cuando las presiones y angustias son mayores, podría aumentar el riesgo de una mayor exposición a la bebida. "Las sociedades en crisis presentan por lo general un incremento de consumo", "Puedo citar los casos de Ecuador y Perú, cuyas instituciones sanitarias se preparaban para atender el aumento de la ingesta de bebidas alcohólicas debido a los desastres del fenómeno del Niño en 1998 y los índices de pobreza. Mucha gente desesperanzada y sin trabajo recurre al licor como mecanismo de evasión. Sin contar con que la publicidad ha ayudado a relacionarla con valores como riqueza, juventud, prestigio e inteligencia".

Señales de alerta

Es importante identificar los síntomas en las fases tempranas de la enfermedad antes de que la persona pierda totalmente el control de sí misma.
Un individuo podría estar convirtiéndose en un alcohólico cuando:
• Tolera los efectos del alcohol, es decir, puede consumir una gran cantidad de licor sin que afecte su comportamiento. Sin embargo, llega un momento en que se alcoholiza con apenas dos tragos. El organismo se vuelve más sensible. Esta resistencia comienza entonces a revertirse. Necesita diaria o frecuentemente alcohol para sus funciones cotidianas.
- Comienza a beber solo.
- Pierde por momentos la memoria cuando consume alcohol (las llamadas lagunas mentales).
- Se ve involucrado en episodios violentos asociados al alcohol.
- Empiezan a deteriorarse sus relaciones sociales y familiares. Comienza a faltar a la escuela o trabajo (absentismo).
- Se muestra hostil al hablar de la bebida.
- Pierde el apetito o no tolera la comida.
• Se le enrojecen y dilatan los capilares de la cara (especialmente la nariz). Al dejar de beber, presenta síndrome de abstinencia: nerviosismo, sudoración, irritabilidad, agitación, dolor abdominal, taquicardia, hipertensión, fiebre, náuseas, vómitos, lagrimeo, convulsiones, alucinaciones (delirium tremens).
Para Del Sel, muchos signos de la enfermedad alcohólica son confundidos con conductas culturales instauradas. La tolerancia al alcohol, por ejemplo, es una "virtud" deseada. Sin embargo, se trata de un aprendizaje que favorece el desarrollo de la enfermedad alcohólica.
Para tratar hoy en día a los reincidentes, existen métodos terapéuticos como desintoxicación (que contempla medicación adecuada) y tratamiento en centros ambulatorios (con vigilancia médica apropiada) para minimizar los síntomas de abstención y ayudar al paciente a apartar definitivamente la bebida de su vida.
Una luz en el abismo
El único remedio para combatir el alcoholismo es dejar de beber. Pero este paso no es tan sencillo como decirlo. Por lo general, la persona afectada es la última que reconoce estar enferma. Quienes lo hacen e intentan apartar la botella de la tentación, en su gran mayoría tienden a recaer por no soportar los desagradables síntomas de abstinencia, según explica un Funcionario de INAME
"Es difícil, por no decir improbable, que una persona pueda curarse sola", infiere Torales señalando al mismo tiempo a la Fundación Manantiales como una de las alternativas más efectivas para el control de esta grave enfermedad.
Como lo constata en su enunciado, Fundación Manantiales es una comunidad de hombres y mujeres que comparten su experiencia, fortaleza y esperanza para resolver su problema común y ayudar a otros a recuperarse. El único requisito para incorporarse al tratamiento es "querer dejar de beber".
Cabe destacar que el alcoholismo puede prevenirse. Ivan Reale, miembro del Equipo Terapéutico de Fundación Manantiales Uruguay, ofrece algunas herramientas para evitar desarrollar esta enfermedad: "No se trata de dejar de beber, sino de saber cuánto y cuándo hacerlo. No es necesario establecer negocios, conducir, llegar a acuerdos familiares o pelearte con tu esposa e hijos bajo los efectos del alcohol. La verdadera cultura etílica es aquella que promueve el disfrute y consumo moderado del alcohol".

El mundo es una copa

Las escasas cifras sobre alcoholismo que se consiguen en Argentina no distan mucho de los números internacionales. Un estudio de la Universidad de Oxford, editado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) halló que actualmente entre el 5 y 10 por ciento de los habitantes de la tierra es afectado por enfermedades relacionadas con el alcohol. Igualmente, entre los que abusan de esta bebida, el riesgo del suicidio puede ser de 50 a 100 veces mayor que en la población general. Las tasas de violencia doméstica contra las madres de familia (que varían entre 20 y 75 %) están asociadas con el exceso de alcohol en la población masculina.

Sólo en Estados Unidos, cerca de 14 millones de personas padecen esta enfermedad, según el Instituto Nacional para el Abuso del Alcohol y Alcoholismo (NIDA, siglas en inglés). La misma organización afirma que está presente en el 30% de los suicidios, 50% de los homicidios, 30% de las muertes en carretera, 52% de las violaciones y 62% de los asaltos que tienen lugar en ese país.
Nuestro país se aproxima en el número de accidentes de tránsito provocados por la ingesta de alcohol. Sólo en los carnavales el año 97, Defensa Civil reportó que el 36% de los incidentes ocurridos en el territorio nacional fueron producto del exceso de bebidas alcohólicas.

No precisamente de orgullo llenan al país las cifras de la División de Investigaciones del Crimen del Ministerio de Justicia que colocan a la región en el tercer lugar de Latinoamérica con mayor consumo de alcohol per cápita: entre 40 y 50 litros por años. Esta institución destaca que la ingesta de licor corresponde al segundo más grave problema de drogas en el ámbito nacional.
El alcohol puede matar de diversas formas. Entre las enfermedades que produce su abuso prolongado se encuentran: cardiopatías; cáncer (especialmente de esófago, boca, garganta, estómago, colon y recto); problemas gastrointestinales (cirrosis hepática, úlceras, hemorroides y pancreatitis); neumonía e infecciones (suprime el sistema inmunológico); trastornos hormonales (impotencia masculina y ausencia de menstruación en las mujeres); trastornos mentales y neurológicos; diabetes (disminución del azúcar sanguíneo); daños a la piel, músculos y huesos (sobre todo osteoporosis); malnutrición (interfiere en la absorción de nutrientes) y el llamado síndrome de Wernicke - Korsakoff, que puede provocar daño cerebral permanente y la muerte.

De trago en trago

La mesa del alcoholismo continúa dominada por mayoría masculina. En una encuesta nacional de 1995, indicaba que el 86,4% de los miembros asiduos eran hombres mientras el 13,6% correspondían a las mujeres. Estas distribuciones se acercan al resultado del estudio llevado a cabo el año pasado por el MSAS y otras instituciones, en el que se observa que por debajo de los 15 años se presentaron 76 casos de chicos y ocho chicas.
Para Reale, es cierto que "hay una mayor predisposición del hombre hacia el alcoholismo. Pero también existe una mayor tolerancia por parte de la sociedad para que este grupo consuma". Hasta hace pocas décadas, la proporción entre ellos y ellas era de 10 a 1. En los últimos estudios internacionales se han reducido las distancias: por cada 3 o 4 hombres con problemas de bebida, hay una mujer.

Es evidente que la proporción de pacientes alcohólicas está aumentando en el mundo aunque siempre en menor proporción con respecto al hombre, afirma Reale. "Sin embargo se presenta un sesgo en estos registros ya que muchas optan por beber a escondidas por temor a las presiones sociales". Todo con la gravedad de que los daños de la enfermedad repercuten con mayor fuerza en los cuerpos femeninos.

Por otra parte, aquellos que laboren como médicos, periodistas, ejecutivos, obreros de trabajos pesados y desempleados, en general sometidos a altas dosis de presión, angustia y estrés, deben mantenerse alerta ya que existen elevados índices de alcoholismo entre estos oficios.

También se han encontrado entre los dependientes al alcohol una tendencia a ser solteros. "Pero hay que tener cuidado con este aspecto, pues habría que deducir si el paciente se quedó solo antes o después de enfermarse. No todo el mundo logra soportar a una persona alcohólica", señala Del Sel.


Alcoholismo: mal de todas las culturas

Historia

El alcohol etílico o etanol es una sustancia producida por microorganismos inferiores, como levaduras o bacterias a partir de la fermentación de productos vegetales como uvas, manzanas, cebada o maíz. De acuerdo con los hallazgos arqueológicos, el hombre prehistórico descubrió la manera de fabricarlo alrededor del año 6400 antes de Cristo, durante el período neolítico. Así nacieron el vino y la cerveza, como también numerosas bebidas tradicionales. Hacia el siglo XII de nuestra era, aparecieron los procesos de destilación, lo que permitió crear licores con alto contenido alcohólico, como whisky, vodka, ron o brandy, entre otros.

¿Cuáles son los efectos agudos del alcohol?

El etanol afecta el funcionamiento normal del cerebro, pues interfiere con la actividad normal de varios neurotransmisores (compuestos químicos que utilizan las células nerviosas para comunicarse entre sí). Esto explica los efectos que sienten todas las personas cuando lo consumen en abundancia.
Cuando la concentración es de 0,1% (100 miligramos por cada 100 mililitros de sangre) la mayoría de individuos presentan euforia y desinhibición. A medida que los niveles aumentan y las cifras son de 0,2% a 0,3%, sus efectos depresores son evidentes con somnolencia excesiva. Los valores por encima de 0.35% son potencialmente letales pues afectan los centros nerviosos que controlan la respiración.

Sin embargo, la mayoría de problemas aparecen con grados leves de embriaguez, pues en tales casos disminuye la coordinación, la reacción ante el peligro es lenta, no es posible realizar tareas complejas y aparecen cambios notorios en la conducta. Bajo tales circunstancias son comunes los accidentes de tránsito, así como los traumatismos producidos por caídas o por violencia física.

¿Qué es el alcoholismo?

Debido a que los términos “alcohólico” o “alcoholismo” son difíciles de definir, los expertos en el tema han preferido utilizar nombres más precisos que permitan identificar con mayor certeza los sujetos afectados.

Los hombres que consumen máximo 2 tragos diarios y las mujeres y ancianos que toman 1 trago o menos por día, son considerados bebedores moderados o sociales, ya que dicha cantidad no suele ocasionar inconvenientes en la salud (tabla 1).
En la población masculina, la ingesta mayor a 14 tragos por semana o más de 4 por ocasión en forma regular corresponde a la categoría de bebedor en riesgo, pues a largo plazo aparecen alteraciones en diversos órganos del cuerpo humano. Para las mujeres, los valores correspondientes son más de 7 tragos en la semana o 3 por ocasión.

La Asociación Americana de Psiquiatría, utiliza el término abuso de alcohol para definir aquella situación caracterizada por un patrón de consumo exagerado durante un período mayor de 12 meses, que impide cumplir con los roles social, laboral o escolar de manera adecuada. Otros criterios de importancia incluyen su utilización en circunstancias peligrosas (por ejemplo, mientras conduce un vehículo automotor), la presencia de problemas legales ocasionados por dicha sustancia y el uso persistente a pesar de las dificultades sociales o interpersonales que ocasiona.
El cuadro más severo está representado por la dependencia al alcohol. En tales casos, los sujetos alcanzan un estado de tolerancia y deben consumir cantidades cada vez mayores para alcanzar el estado de embriaguez.

¿Qué es la abstinencia al alcohol y cuáles son sus síntomas?

El alcoholismo provoca síntomas indeseables como temblores, nerviosismo, irritabilidad o taquicardia (frecuencia cardíaca mayor a 100 latidos por minuto) cuando deja de tomar, lo cual es conocido por los médicos como síndrome de abstinencia.
Dicho fenómeno ocurre por adaptación del cerebro a los efectos depresores del alcohol, sufriendo un estado anormal de excitación cuando el individuo suspende su consumo. En algunos casos es de gran intensidad, dando lugar a confusión, alucinaciones, agitación, alteraciones del ritmo del corazón, vómito, sudoración o convulsiones, lo cual corresponde al llamado delirium tremens.

Tales casos constituyen una emergencia médica que puede ser mortal si no recibe tratamiento oportuno.

La vida de los sujetos con dependencia al alcohol gira en torno a la bebida y pasan gran parte del tiempo buscando, consumiendo o recuperándose de los efectos del licor. Abandonan otras actividades sociales o recreacionales por ese motivo y tienen dificultades para detenerse una vez han comenzado a beber. Muchas personas que han pasado por esa fase han intentado sin éxito abandonarlo y continúan el hábito a pesar de las consecuencias físicas o psicológicas que ello conlleva (tabla 2).

¿Qué tan frecuente es el alcoholismo?

De acuerdo con las encuestas, tan solo el 10% de las personas son consideradas como abstemios, mientras que el 90% restante toma en cantidades variables. Los bebedores en riesgo constituyen 28% de los hombres y 11% de las mujeres, aunque la frecuencia en la población femenina con el tiempo ha mostrado un incremento progresivo. Un 10% a un 20% de los individuos en la población general han padecido abuso o dependencia al alcohol en algún momento de su vida.

Tales valores dan cuenta del enorme impacto que este problema tiene para la sociedad, considerando además que contribuye con 80% de los suicidios, 50% de los homicidios, 40% de los accidentes de tránsito y 15% de las muertes por ahogamiento. De igual manera, es una circunstancia asociada en 1 de cada 3 divorcios, la tercera parte de los casos de abuso infantil y 20% a 30% de todas las admisiones hospitalarias.

¿Cuáles son las causas y factores de riesgo del consumo de alcohol?

Existen diversas causas que conducen a una persona a consumir de manera exagerada bebidas alcohólicas. Según diversas teorías psicológicas, algunos individuos beben con el fin de reducir la tensión emocional, mejorar la sensación de bienestar o evitar dolores de índole psíquico. Quizá muchos de ellos tienen dificultades para enfrentar las dificultades de la vida diaria y necesitan del licor para sobrellevar tales obstáculos. Por su capacidad para reducir el estrés y por sus efectos placenteros, constituye un hábito difícil de terminar.

En ciertas circunstancias, parecen ejercer mayor influencia los factores socioculturales, pues existen grupos donde los problemas relacionados con el alcohol son más frecuentes. Es el caso de los sujetos que trabajan en la fabricación o comercialización de licores
y en los indigentes.

Desde una perspectiva biológica, los científicos han demostrado que muchos sujetos afectados exhiben una fuerte predisposición genética, aunque hasta el momento no han sido descubiertos los genes responsables de ello. Se conoce además que ciertas regiones del sistema nervioso participan de manera determinante en la adicción. Tal es el caso del núcleo accumbens, una agrupación de neuronas localizadas en las profundidades del cerebro, que genera emociones placenteras cuando es estimulado por el alcohol. Con el tiempo, dichos centros sufren procesos de adaptación y provocan sensaciones desagradables cuando cesa la acción de la sustancia. Al llegar a ese punto, el sujeto toma bebidas alcohólicas para evitar tales molestias y no tanto como
una forma de satisfacción.

Las diferentes hipótesis en torno a la génesis del alcoholismo no son mutuamente excluyentes; por el contrario, son complementarias entre sí y parecen contribuir de manera variable en cada caso particular. Además, todas coinciden en anotar que es un problema persistente, difícil de erradicar, por lo cual dichas personas deben ser consideradas como enfermos que requieren un tratamiento prolongado para salir adelante.

¿Cómo superar los problemas relacionados con el alcohol?

El primer paso es reconocer que uno mismo o una persona cercana tiene problemas con el alcohol. Por lo general, los individuos tienden a negar, ocultar o justificar su adicción de tal manera que no es sencillo identificarlos. El consumo inapropiado de alcohol conlleva problemas financieros, interpersonales, médicos, sociales y legales. En el proceso de rehabilitación el primer paso consiste en reconocer tales consecuencias y buscar ayuda. Para ello existen diferentes alternativas como psicoterapia, farmacoterapia, grupos de ayuda y soporte social.

Si el consumo de licor por semana supera la cifra de 14 tragos para hombres y 7 para mujeres es necesario estar alerta pues podría estar en la categoría de bebedor en riesgo, con la posibilidad de progresar hacia un estado de abuso o dependencia.

El cuestionario CAGE es utilizado de manera extensa por los expertos y consiste de cuatro preguntas sencillas que procuran ayudar a identificar los sujetos afectados por el consumo de alcohol.

Cuando se obtiene respuesta afirmativa a dos de las anteriores preguntas puede existir de por medio un serio problema con la bebida y es el momento de buscar ayuda. Es importante indicar además que existen signos de alarma adicionales que son motivo de preocupación y pueden indicar progresión hacia la dependencia, los cuales deben ser tenidos en cuenta.
Como la mayoría de sujetos niegan al principio su problema, es necesario que los familiares, las personas cercanas o su médico lo confronten, esperando para ello los períodos en que está sobrio.

Debido a que las críticas directas pueden generar rechazo, reacciones depresivas o mayor resistencia, no resulta prudente utilizar términos peyorativos como “alcohólico” o “irresponsable”. Al contrario, debe ser tratado como un individuo que desconoce su enfermedad. Por eso, es más conveniente mostrarle primero las consecuencias físicas, sociales y psicológicas de su hábito, de una manera firme pero considerada, hasta que él mismo reconozca que tiene dificultades con la bebida.

Una vez alcanzado ese estado de reconocimiento, debe ser motivado para que busque ayuda profesional mostrándole de paso los aspectos positivos de una vida sin alcohol. En tales circunstancias, el médico comenzará con un estudio exhaustivo para determinar el estado de salud y buscar factores predisponentes biológicos, psicológicos o en el entorno social.

A veces resulta necesario instaurar un tratamiento breve de desintoxicación, que dura entre 4 y 7 días, durante los cuales el médico prescribe medicamentos que evitan la aparición de síndrome de abstinencia. Con frecuencia se recomienda la reclusión en centros especializados durante el primer mes.

A continuación sigue la etapa de rehabilitación, donde son adoptadas medidas que evitan las recaídas. Al respecto, una de las alternativas más útiles es la terapia psicológica. También es posible recurrir a medicamentos especiales que suprimen los efectos placenteros del etanol (por ejemplo naloxona) o inducen reacciones desagradables cuando el individuo ingiere simultáneamente bebidas alcohólicas, para provocar una reacción de rechazo (como sucede con disulfiram).

Debe existir un énfasis particular en el aspecto nutricional, mediante una alimentación balanceada y uso de vitaminas. En algunos casos es necesaria la ayuda de trabajadores sociales, quienes evaluarán el ambiente que rodea al individuo con el fin de intervenir sobre cualquier aspecto que favorezca el consumo de licor.

Los grupos de apoyo conformados por personas que han pasado por el mismo problema también son de gran ayuda, siendo Alcohólicos Anónimos el más conocido de ellos. En estos programas son seguidos una serie de pasos y ritos progresivos que permiten abandonar el hábito.

A veces son necesarios varios intentos antes de suspender por completo o disminuir hasta niveles aceptables la bebida. Por eso, los fracasos deben ser asumidos como parte del proceso y siempre existe una oportunidad para comenzar de nuevo el tratamiento. El ideal es la abstinencia total y para siempre. El alcohólico deberá considerarse como "recuperado" pero no "curado" teniendo conciencia de que si bebe puede recaer.


CONCLUSION

Los problemas relacionados con el alcohol constituyen una enfermedad frecuente que tiene serias consecuencias para el individuo, su familia y la sociedad en general. Aunque los sujetos afectados tienen dificultades para reconocer su problema y la mayoría no son capaces de superarlo sin ayuda, en la actualidad existen numerosas alternativas que permiten una rehabilitación efectiva. Al final, los esfuerzos serán recompensados y será posible ofrecer una nueva esperanza de vida a las personas que padecen este flagelo.

TESTIMONIOS

Juan Bautista


Soy de una pequeña localidad de la provincia de Mendoza.
Tengo 53 años. Soy un alcohólico rehabilitado desde los 29 años y a pesar de haber sido un campeón bebiendo, tuve la suerte de superarlo sin ninguna recaída hasta la fecha, tras someterme en su día a un tratamiento de desintoxicación en Fundación Manantiales durante varios meses. Sólo con el fuerte apoyo de un gran equipo de profesionales y eso sí, una constante fuerza de voluntad conseguí superarlo hasta la fecha.
Yo creí que no iba poder, al principio ni yo me daba cuenta de lo que me pasaba. Hacia cosas de las que después no tenia ni noción. Tuve muchas dudas, todos los que pasamos por esto las tuvimos, pero si la fuerza de voluntad los acompaña se puede salir adelante.

Carmen

Estuve mentalmente enferma y encerrada en pabellones para pacientes violentos en instituciones mentales por muchos años. Fui alcohólica y sufría de intensa ansiedad y depresión. Volqué mi enojo contra mi misma y lo convertí en ira suicida. Ahora a la edad de 70 años, luego de realizar un tratamiento en la Fundación Manantiales durante unos meses, mi ansiedad y depresión desaparecieron. En el transcurso de un año de duro trabajo de la mano de la ayuda profesional me liberé de todos los problemas emocionales y adicciones. Ahora, aún conservo todas las emociones con las que nací tales como ira, tristeza, pero se como convivir con ellas.

José Antonio

Tuve un serio episodio de depresión producto del alcohol que casi me costó la vida. Estaba desesperado. Traté de gritar y terminar con mi vida. Fue allí cuando un amigo me acerco un folleto de la Fundación Manantiales que el habían dado en la calle. Por curiosidad fui, pensé que al salir, si no sentía algo distinto, acabaría con mi vida. Pero no fue así. Sentí un trato muy humano y en pocos días inicie el tratamiento. Hoy hace más de dos años que me he recuperado de mi problema y no tengo más que palabras de agradecimiento para quienes me dieron otra oportunidad. Ahora me siento mucho mejor.

 

 
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